La fiesta de la rosa
Ángel Martínez Samperio
Hoy, dos de mayo, salgo a mi terraza. Ha florecido el rosal. Es un desafío pese al anuncio de la helada y al viento en los cristales. Hoy, dos de mayo, hago memoria de la sangre vertida por el pueblo de Madrid en esa misma fecha. Es la suya un largo reguero que salpica el calendario. Hoy, dos de mayo, los socialistas madrileños celebran “La Fiesta de La Rosa” en el que fuera “Cerrillo de Las Vistillas”.
Mira que le pusieron espinas a lo largo de su camino… Sobre aquellas y estos espinares retrepados, crece la rosa. Una rosa donde supo crecer la ciudadanía, pese a la helada y a la espina. Hago memoria de Pablo Iglesias, aquel “santo laico”, “apóstol europeo” que llevaba “en las alillas de su nariz una distensión de fiera cazadora”, en el decir de Ortega; despacioso paseante entre las espinas proyectando sobre la historia su benefactora sombra ¿Quién no recuerda su larga marcha a pie, siendo niño, de la mano de su madre y de su hermano Paulino, desde El Ferrol hasta Madrid, ingresando en el hospicio por no tener de qué vivir?
Aun resuena su voz de pacifista, alzada en el Congreso contra la corrupción política y los caciques, reivindicando mejoras para el trabajador. Con mayor contundencia debería sonar hoy contra los cucañeros de la política y el jamón colgado; contra los corruptores corruptos, halagadores de pueblos; contra las mascaritas de carnavales, voceadores de catástrofes y demagogias para tapar su hedor; contra salteadores de caminos de los pueblos que juegan al palé con los Estados.
Viene de lejos la voz de Pablo Iglesias ¿Quién no recuerda la fundación clandestina del PSOE, en Casa Labra, aquel dos de mayo de 1879? ¿Quién no recuerda el primer número de El Socialista, el de aquel doce de marzo de 1886, y aquel artículo titulado “El programa de nuestro Partido?”, un programa resumido en tres puntos:
1. “La posesión del poder político por la clase trabajadora”.
2. “La transformación de la propiedad individual o corporativa de los instrumentos de trabajo en propiedad común de la Nación”.
3. “La constitución de la sociedad sobre la base de la federación económica, de la organización científica del trabajo y de la enseñanza integral para todos los individuos de uno u otro sexo”.
Eso fue dicho en tiempos de La Restauración, en una España rural, atomizada y analfabeta, bajo el dominio de una elite política manejada por los caciques terratenientes, el clientelismo, y la alta burguesía. En semejante situación, el 12 de agosto de 1898, doce años después de su fundación, el editorial de El Socialista denunciaba:
“Ningún país tiene una burguesía tan inepta como la nuestra… Escasa de instrucción, dominada por la rutina, sin el don siquiera de imitar lo bueno que se ha hecho en otras naciones, apenas ha entrado en la esfera de la producción moderna, viendo sumamente atrasada lo mismo su industria que su agricultura… Como es natural sus hombres políticos están a la altura de ella. Ni tienen previsión, ni conocimientos, ni iniciativas. Supliendo esas mismas cualidades con una charla infecunda y con una cínica osadía; de lo que menos se cuidan es de desarrollar la riqueza del país –que es donde está la regeneración de éste- y a lo que más atienden es a escalar los principales puestos del Estado y procurar su medro personal…”
Esta es la voz insobornable y pacífica de aquel que fue calificado por Ortega como “archiespañol”, “archisocializador” y “archirrespetable”. Todavía suena. Aún su sombra benefactora se deja notar bajo el sol de mayo en Las Vistillas. Suban a ese que fuera cerro, otero de la historia, y allí, entre las danzas del pueblo, olor a churros y a ciudadanía, les llegará el aroma de la rosa crecida entre las espinas, un aroma que llama a ser parte de su corola, pese a tanto tigre sanguinario, suelto y sin bozal. Otra vez Ortega. Parece que en algunas cosas no ha pasado el tiempo.
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