Ángel Martínez Samperio.

Rosario de Acuña
Fue el pasado día 19, en el salón de Actos del Ateneo de Madrid, bajo la responsabilidad de su Junta de Gobierno.
En la página de esta web, dedicada a las “Crónicas del Ateneo”, he dejado constancia del acto.

De izquierda a derecha, Paz Fernández, alcaldesa de Gijón; Bibiana Aído, ministra de Igualdad, y José Bolado, compilador de las obras completas de Rosario de Acuña, en la mesa presidencial del Salón de Actos del Ateneo de Madrid
A él se sumó el alcalde de Pinto, Juan José Martín Nieto, en representación del municipio. No en balde una de sus calles lleva el nombre de Rosario Acuña, y el Pleno ha adoptado mociones para organizar actividades tendentes a rescatar su figura: En el año 2005, dentro de las actividades de la Semana de la Mujer, se celebró una Mesa Redonda sobre su significación; en la Agenda de la Mujer 2007/2008, dedicada a las calles con nombre de mujer, aparece una reseña sobre élla; en el año 2006 se presentó un monográfico, incluyendo un documental. dedicados a su trayectoria, y finalmente, por elección de los vecinos, el nuevo Centro de la Mujer llevará su nombre.
![Rosario Acuña MINISTRA-JUANJO[1] De izquierda a derecha, José Bolado, Paz Fernández, Bibiana Aído y Juan José Martín Nieto](http://punctumdigital.com/punctum/wp-content/uploads/2009/10/Rosario-Acuña-MINISTRA-JUANJO1-300x200.jpg)
De izquierda a derecha, José Bolado, Paz Fernández, Bibiana Aído y Juan José Martín Nieto
Debo mostrar aquí mi gratitud a Macrino F. Riera, por lo publicado el 22 de agosto del año en curso, donde recoge la que el municipio de Pinto debe a D. Felipe de Acuña y Solís, que fuera Jefe de Negociado de Agricultura, una vez que su primo segundo, D. Pedro Manuel de Acuña y Espinosa de los Monteros fuera nombrado director general de Agricultura.
Nos cuenta Macrino F. Riera que andaba Pinto por aquel entonces deseando obtener una feria de ganados, que nunca llegaba, conseguida a través de la intervención de Rosario de Acuña, que así lo cuenta:
“Poseía yo una finca campestre en Pinto, pueblecito de los alrededores de Madrid, famoso entre los cortesanos por la brutalidad de sus habitantes (sic.).
Había yo construido mi casa en una de las esquinas de la posesión, cercada de altas tapias, de modo que una fachada de ventanas (mi escritorio, alcoba y gabinete) daba a un camino vecinal; así que se concluyó la casa empezaron a romper a pedradas los cristales de la fachada exterior; y pasó un año rompiéndose cristales y poniéndose cristales.
Tenía entonces de fidelísima servidumbre, pues mi fortuna me permitía pagarlos espléndidamente, a un matrimonio y una hija (por cierto que como buenos manchegos, así que me quedé arruinada se apresuraron a marcharse de mi casa, la hija de ama de cura, los padres a comerse 20 o 30.000 reales que habían ahorrado en siete años que me sirvieron). En aquella época eran aún fieles servidores, y la hostilidad de los pinteños hacia los cristales de mi casa los tenía fuera de tino, hasta el punto de que, en más de una ocasión, hube de contenerlos para que no hicieran una barbaridad. Yo interin pensaba cómo arreglaría el asunto. Me enteré de que el Ayuntamiento tenía solicitado de la Dirección de Agricultura y con gran empeño, una feria de ganados con premios, etc.; cosa que, por más que hacían, no podían conseguir; me puse en campaña; eché mano de amistades, de influencias, de trabajo intelectual, de todo cuanto estuvo a mi alcance, y con la ayuda de mi inolvidable padre, providencia bendita de mi vida, la feria y los premios por valor de 3.000 pesetas les fue otorgada. La concesión la envié por mi conducto al Ayuntamiento y al día siguiente de mandarla llamé al alcalde y enseñándole mi fiel compañera, una escopeta belga de caza, le dije:
- Por mi mano tiene el pueblo de Pinto la feria que con tanto afán pretendía, y por mi mano y esta fiel amiga, que manejo con regular acierto, va a tener el primer vecino de Pinto que apedree los cristales de mi casa una perdigonada en sitio donde no pueda matarlo, pero donde deje recuerdo para toda su vida, Vea usted de qué modo libra a sus vecinos de una desgracia.
Enseguida monté una guardia permanente entre mis criados y yo en la ventana del desván que dominaba el campo; de día se respetaron los cristales, pero una noche estando estudiando cayó una piesdra; ¡zas!, una piedra se mete hasta la mesa escritorio; no sé qué fue antes, si el ruido del cristal roto o el ruido de dos tiros que mi criado Gabriel disparó al apedreador; cargada la escopeta con mostacilla, toda la carga la aprovechó el mozo; pero como quiera que el vecindario estaba ya en autos de lo sucedido, y aquel salvaje suelto se iba a encontrar solo ante la indignación de sus congéneres, se tragó el tiro, se curó en su casa y en silencio los rasguñotes de la mostacilla y mis cristales permanecieron incólumes durante nueve años que habité en mi finca…”.
Eran otros tiempos, afortunadamente lejanos, y ahora que esté que firma emprende nuevos rumbos y deja este pueblo después de 26 años, siete de ellos visitándolo todas las semanas antes de avecindarme en él, y 19 viviéndolo, les confieso que me voy de él con un profundo cariño y una no menos profunda gratitud. Es mucha su bonhomía. Es cierto que, en los últimos tiempos, una minoría muy reducida, jaleante y jaleada, parece heredera de la brigada de la piedra. Son pocos pero son. No puedo decir que se diluyan como azucarillo en el agua inmensa de las muchas buenas gentes porque, en su poqued, dan mal sabor. A mi marcha, espero que no sea necesario nunca que las buenas gentes de este municipio, que son los más, tengan que emplear los dos métodos que Rosario Acuña relata para reivindicar lo que la Comunidad ed Madrid les niega.
amartinez Comunidad de Madrid, General, Pinto